Todo es Inteligente, Menos la Conexión

Todo es Inteligente, Menos la Conexión

Contratos inteligentes que ejecutan pagos de derechos sin intervención humana, guiones escritos con IA, ediciones automáticas… la terminología es seductora, casi hipnótica. Pero en La Resistencia Post, nos negamos a dejarnos hipnotizar. En medio de esta euforia tecnológica, una paradoja crucial nos carcome: ¿dónde queda la audiencia, ese ser emocional y complejo que el entretenimiento se supone debe conmover y conectar? ¿Estamos pensando en emocionar al espectador, o simplemente en optimizar procesos para una máquina que simula la emoción?

La preocupación principal, y la más insidiosa, es qué sucede cuando la eficiencia desplaza la empatía. Los algoritmos, por diseño, están construidos para maximizar métricas: clics, tiempo de visionado, engagement. Pueden identificar patrones exitosos y replicarlos hasta el hastío. Pero carecen de la capacidad de comprender el matiz emocional, la sutileza de la narrativa humana, la chispa de la originalidad que realmente resuena con las personas, con la vida misma. El riesgo de la automatización sin una dirección creativa humana es devastador: el contenido, aunque técnicamente impecable y «optimizada» para el consumo, se vuelve genérico, predecible y, en última instancia, superficial. Nos encaminamos a un flujo interminable de contenido que no ofrece sorpresas, no desafía, y no se queda grabado en la memoria. Un desierto de perfección vacía.

Esto plantea una dicotomía fundamental que exige una toma de postura: ¿vemos a la audiencia como un KPI (Key Performance Indicator), un mero punto de datos a manipular para lograr resultados cuantificables? O ¿la vemos como un ser emocional, una entidad compleja capaz de la reflexión y la resonancia cultural? La visión impulsada por algoritmos tiende, por su propia naturaleza, a reducir al espectador a un conjunto de números, a una estadística más en un dashboard. La visión artística, en cambio, se enfoca en la conexión, en la capacidad de provocar, de trascender lo inmediato. Cuando estas dos visiones se enfrentan, la eficiencia a menudo gana, con el pretexto de la «rentabilidad», pero la experiencia humana, la que nos hace sentir vivos, puede sufrir irreversiblemente. Como Adorno y Horkheimer señalaron en su crítica a la industria cultural, la estandarización y la producción en masa anulan la individualidad y la autonomía del consumidor.

La idea es escalofriante: las plataformas pueden editar diferentes versiones del mismo contenido para distintos perfiles de audiencia. Imaginen un thriller donde la IA detecta que un usuario prefiere la acción rápida y, en consecuencia, acelera el ritmo de las persecuciones, mientras que para otro usuario que disfruta del suspenso psicológico, la misma escena se edita con cortes más lentos y planos más largos. O un trailer de película que se adapta automáticamente, mostrando más comedia o más drama, dependiendo de las preferencias históricas del espectador o incluso de su respuesta biométrica (como la frecuencia cardíaca o la expresión facial) durante la visualización. No es solo lo que quieres ver; es lo que el algoritmo cree que necesitas ver para maximizar tu engagement.

Esto nos lleva a preguntar: ¿estamos cerca de tener un «editor predictivo» que optimice el engagement en tiempo real? La tecnología para recopilar datos biométricos y analizar el comportamiento del usuario ya existe. La IA puede procesar esos datos para identificar qué elementos visuales o auditivos generan una mayor respuesta. El salto a la edición dinámica y adaptativa en tiempo real es, para el capital, el siguiente paso lógico. Para nosotros, en La Resistencia Post, es un salto al abismo de la manipulación.

Sin embargo, esto plantea una pregunta crítica que debemos gritar a los cuatro vientos: ¿esto enriquece o empobrece la experiencia artística? Si cada historia se moldea para ajustarse a las preferencias preexistentes del espectador, ¿dónde queda la sorpresa, el desafío o la oportunidad de descubrir algo nuevo? El arte, en su esencia más pura, a menudo busca provocar, expandir horizontes y, a veces, incluso incomodar para generar una reflexión profunda. Si el contenido se convierte en un eco constante de lo que ya sabemos que nos gusta, ¿se perderá la capacidad del arte para innovar y trascender, para sacudirnos de nuestra zona de confort? Es la muerte de la serendipidad, el fin de lo inesperado.

La convergencia de blockchain, IA creativa y edición automatizada no solo está transformando el «cómo» se hace el contenido, sino que está cuestionando el «por qué» se hace. Este trío tecnológico, presentado como el apogeo de la eficiencia, tiene el potencial de redefinir la cadena de valor de la postproducción, desde la financiación hasta la distribución. Pero en esta redefinición, ¿quién gana? ¿Y qué perdemos en el camino?

El blockchain, con sus contratos inteligentes, promete una automatización sin precedentes en el pago de derechos. Imaginen que cada vez que una película se reproduce, los derechos de edición, la música utilizada o los efectos visuales específicos se pagan automáticamente a sus respectivos creadores, sin intermediarios ni demoras. Esto podría revolucionar la gestión de licencias, la transparencia en los pagos de regalías y la forma en que los artistas son compensados, creando un ecosistema, en teoría, más justo y eficiente. Parece el paraíso de la transparencia y la justicia para el creador. Pero, ¿es una utopía o una nueva forma de control algorítmico sobre el flujo financiero?

Esta eficiencia basada en datos podría optimizar la producción y reducir riesgos, pero también plantea la pregunta incómoda que nos persigue: ¿qué pasa cuando todo el proceso se vuelve «inteligente» pero se desconecta del alma humana? ¿Qué sucede cuando el arte deja de ser una exploración del espíritu para convertirse en una fórmula probada para el éxito comercial?

. El riesgo es que, en la búsqueda de lo «inteligente» y lo «automatizado», perdamos la conexión con lo «emocional» y lo «auténtico», aquello que nos hace humanos. Slavoj Žižek nos recordaría que la fantasía tecnológica a menudo enmascara una realidad más inquietante.

La responsabilidad, esa palabra pesada, recae en los creadores y tecnólogos de hoy para asegurar que el futuro del cine, aunque construido con máquinas inteligentes, siga resonando con el corazón humano. Porque, al final, las máquinas no lloran, no ríen de verdad, no se cuestionan la existencia. Y es en esa humanidad, en esa imperfección emotiva, donde reside el verdadero arte.


Al final, recuerda que hay más información en el canal de Youtube https://www.youtube.com/channel/UCJs9xLwkYU_tDjXYNVhrhrw

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